La pervitina, la droga usada por los alemanes durante el Tercer Reich, incluyendo al mismo Adolf Hitler

Héctor Serrano | 26 Febrero 2018


El Tercer Reich fue una época de auge para la industria farmacéutica alemana, donde se buscó la creación de una sustancia potenciadora del rendimiento.

Durante el Tercer Reich, en medio del creciente desarrollo de la industria farmacéutica alemana, los laboratorios Temmler, buscaron sin descanso sustancias nuevas y revolucionarias que aliviaran al hombre moderno de sus dolencias y lo distrajeran de sus preocupaciones.


En 1936 en Temmler, todos los recursos de investigación se enfocaron en este tipo de productos, ya que una sustancia potenciadora de rendimiento encajaba perfectamente en una época en la que apuntaba hacia un resurgimiento nacional que era dirigido por el excéntrico líder alemán, Adolf Hitler y su Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.


Este desarrollo científico y económico se reflejó en el espíritu de la época, pues la gente prefería evadirse a mundos ficticios en vez de encarar una realidad a menudo muy poco prometedora, un fenómeno que definía la perfección tanto política como cultural.


Debido a esta tendencia alemana de respaldarse en sustancias alteradoras de la realidad tales como el alcohol, el Estado alemán estigmatizó el consumo y castigó severamente a los consumidores, con una ley aprobada en 1933 que permitía encerrar forzosamente por dos años mínimo a cualquier adicto.


Los soldados alemanes que avanzaron a Polonia al inicio de la guerra consumían pervitina


Según un compañero de armas del mismísimo Hitler, el canciller alemán no fumaba ni bebía, y se alimentaba sanamente, además de ser célibe, intentando reflejar de manera mítica, una persona pura enemiga de los placeres mundanos. Los nacionalsocialistas prohibieron las drogas porque no tenían cabida en un sistema en donde solamente el Fuhrer estaba llamado a seducir; es decir, los nazis odiaban las drogas porque querían producir el mismo efecto que ellas.


De hecho, la incongruencia del partido nazi al tomar esta política se enfrenta directamente con su pasado histórico, pues dicho partido acudía frecuentemente a delirios de violencia alimentado por el consumo abusivo del alcohol. El partido fue fundado en la cervecera Munchner Hofbrauhaus el 24 de febrero de 1920, donde el alcohol tuvo un papel destacado en los rituales de iniciación.


Sin embargo, a pesar de la política antidrogas de 1933, durante el resto de la década los nazis se apuntaban a buscar su añorada sustancia potenciadora la cual fue encontrada en la pervitina, la sustancia creada por los laboratorios Temmler que vencía el estrés, el apetito sexual, alimentaba y aumentaba la motivación y todo al alcance de una pastilla cuyo ingrediente principal es la metanfetamina.


Los trabajadores de la fábrica de Temmler en Berlín produjeron 35m tabletas de Pervitin para el ejército alemán y la Luftwaffe en 1940. Fotografía: Temmler Pharma GmbH & Co KG, Marburg


Según el periodista Norman Ohler, autor del libro “Blitzed: Drugs in Nazi Germany”, el doctor Fritz Hauschild, jefe de farmacología de Temmler, hacía una metanfetamina más pura y de mayor calidad que ni el mismo personaje ficticio de la serie “Breaking Bad,” Walter White, podría alcanzar. Su principal mercado era el ejército de tierra alemán


Ohler, que ha investigado diligentemente en los archivos federales alemanes y otras colecciones relevantes, presenta una imagen de una nación entera drogada, pues la pervitina se convirtió en una sensación que se introdujo rápidamente en los círculos más amplios; los estudiantes las tomaban para vencer la fatiga del estudio, las telefonistas y enfermeras para aguantar en vela los turnos de noche, los trabajadores e intelectuales para rendir al máximo, hasta las amas de casa consumían bombones de chocolate con este ingrediente activo.


La pervitina se llegó a proponer su consumo como mandato supremo, aunque no hizo falta obligar a nadie a consumirla, pues existía el hambre de alimento cerebral de los alemanes. Su consumo cayó como una bomba y se propagó como un virus, se vendió como churros y pronto fue tan habitual como una taza de café.


Los efectos que el consumidor siente son los sentidos agudizados al máximo, empezando a disparar ideas sin cesar. Cree estar más vivo, lleno de energía con un alza en la autoestima, produciendo aceleración de los procesos mentales, una generación de euforia de ligereza y frescura, terminando en un bloqueo a su reposición.


Hitler y el doctor Theo Morell/ABC


El caso más llamativo e importante sobre la aplicación de “sustancias potencializadoras del rendimiento” fue el caso del Paciente A, el líder del partido nazi y del Tercer Reich.


Su adicción a las drogas viene acompañada de su egolatría y su condición de superioridad moral, pues Hitler era adicto a sentirse vitalizado debido a que aseguraba que nadie podía hacerse responsable de sus obligaciones en caso de que enfermara.


Su médico de cabecera Theo Morell, le suministraba en un inicio dosis de glucosa y vitaminas intravenosa para curar un poderoso malestar gástrico acompañado de flatulencias que el dictador padecía en ese entonces. De ahí, la cada vez más fuerte necesidad de alivio estuvo acompañada de dosis más fuertes de drogas duras.


En crisis como cuando Hitler padeció de disentería, Morell se convirtió en un defensor de la polipragmasia, el uso indistinto de medicamentos, y empezó a administrar cada vez más sustancias con distintas concentraciones. Un día probaba una cosa, otro día otra y sin realizar diagnósticos precisos, sus inyecciones incluyeron sustancias como Tonophosphan, que se utiliza en medicina veterinaria; la hormona Homoseran; Testoviron, una hormona sexual que aumenta la vitalidad o el Orchikrin, producido en los testículos de toro y que se usa para la depresión.


Hitler era vegetariano, pero gracias a los procedimientos del doctor Morell su cuerpo portaba en circulación sustancias de origen animal sin consumirlas por la dieta, pues su objetivo era contrarrestar el agotamiento físico y psicológico del Fuhrer.


El dictador alemán Adolf Hitler pronunció un discurso en octubre de 1944. El autor Norman Ohler dice que el abuso de drogas de Hitler aumentó "significativamente" desde el otoño de 1941 hasta el invierno de 1944/Keystone


En ningún momento el dictador alemán de nombre Adolf Hitler tuvo la impresión de ser adicto a alguna sustancia en concreta, pues Morell había encontrado una herramienta de automedicación y autoajuste de la cual abusaba cada vez más. Hitler no tenía la más mínima idea de lo que estaba haciendo con su cuerpo, pues nunca en su vida se interesó por los medicamentos ni por la medicina, sólo por cumplir su visión nacionalista de Alemania, la cual suponía sacrificar gran parte de su salud física y mental con el uso de drogas que le permitieron sentirse fuerte y sano, aunque de manera artificial.


Como consumidor de drogas, el hecho de que el consumo continuado favorecía la tolerancia a las sustancias forma parte de la propia naturaleza del proceso. Como el cuerpo se acostumbra a recibirlas, debía consumir una dosis aumentada cada vez para mantener activo el efecto, y el Fuhrer no soportaba que los efectos disminuyeran.


En su libro, Ohler proporciona muchos detalles sobre el régimen de drogas al que Hitler fue sometido por Morell, especialmente durante la guerra. Su medicación consistió en drogas como cocaína, pervitina y eukodal, un derivado de la morfina analgésica que empujó a Hitler a un mundo de ilusión en el que las derrotas y los desastres de los últimos dos años de la guerra podían descartarse como irrelevantes.


Pervitina: la droga que empezó la adicción de la Alemania Nazi


Su consumo le produjo una "confianza químicamente inducida" que endureció su resolución y lo hizo rechazar todos los pensamientos de compromiso. Los generales que querían realizar retiros tácticos fueron despedidos por Hitler, intoxicados por la "euforia artificial" inducida por las píldoras e inyecciones proporcionadas por Morell al punto de creer que su Jefe de Estado tenía un arma secreta o un plan desconocido para ayudar a ganar la guerra.


La agresión genocida del Führer fue alimentada no solo por el odio a los judíos y los "eslavos" sino por el abuso continuo de metanfetaminas. Hitler era un drogadicto que al final no era responsable de sus acciones. No es de extrañar que el pueblo alemán, que también mantenía una adicción a las drogas, no se diera cuenta de la magnitud del desastre al que los conducía, o la magnitud de los crímenes en los que los estaba implicando. Era una población de drogadictos dirigida por drogadictos.


La medicación mantenía a Hitler estable en su locura y levantaba un muro inexpugnable, una armadura integral que nada ni nadie podía atravesar. Cualquier duda era disipada por la excesiva confianza artificialmente provocada, pues, aunque el mundo quedara reducido a cenizas y sus actos acabaran con la vida de millones de personas, Hitler se sentía más que justificado en sus actos si una sustancia corría por sus venas provocándole una euforia artificial.


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